Antes de proponer un cambio, pregúntate esto

A lo largo de los años he visto sugerencias que revolucionan un proyecto para mejor, y debates que solo generan desgaste sin ningún beneficio real. Proponer un cambio puede ser una herramienta poderosa, pero sólo si aporta valor real y mejora de manera significativa el trabajo.

Sugerir cambios no debería ser algo automático, sino una decisión reflexiva. Antes de proponer una modificación, es útil preguntarse:

1️⃣ ¿Ayuda a cumplir el propósito del trabajo?
Un cambio debe contribuir directamente a que el resultado esté más alineado con su objetivo. Si la propuesta no tiene un impacto claro en el propósito del proyecto, quizás no sea necesaria.

2️⃣ ¿Añade un valor claro y tangible?
Un cambio relevante debe sumar algo significativo al resultado final. Si la propuesta no mejora sustancialmente la calidad o el impacto del trabajo, puede que no sea prioritaria.

3️⃣ ¿Corrige un problema crítico y objetivo?
Cuando un cambio corrige errores, elimina fricciones o mejora la experiencia de usuario, es esencial. Estos son los cambios que no debemos dejar pasar.

4️⃣ ¿El esfuerzo del cambio justifica el impacto que generará?
Hay cambios que pueden ser técnicamente correctos pero poco prácticos. Si la implementación requiere mucho esfuerzo sin un beneficio proporcional, probablemente no merezca la pena.

Es natural tener preferencias sobre cómo hacer las cosas, pero un cambio relevante debe ir más allá de los gustos personales. El verdadero valor de proponer un cambio está en su impacto positivo y su alineación con los objetivos del proyecto.Antes de sugerir un cambio, hazte esta pregunta clave: ¿es realmente necesario?

Priorizando el valor de la toma de decisiones

Hace ya mucho tiempo decidí emprender y lanzar un proyecto propio: una tienda que combinaba ventas online y offline. Siempre he sido un apasionado de la productividad y la eficiencia, así que mi enfoque inicial fue asegurar que todos los procesos internos funcionaran a la perfección. Sin embargo, aprendí por las malas que sin un flujo constante de valor, incluso el sistema más optimizado carece de utilidad.

Al principio, centrarme en la eficiencia operativa me pareció la decisión más lógica. Me aseguré de que mi tienda contara con procesos sólidos para gestionar pedidos, mantener el stock actualizado y generar informes adecuados. Creía que un negocio bien estructurado era la clave del éxito. Sin embargo, pronto me di cuenta de que los resultados tangibles no se generan solos. De nada sirve tener procesos óptimos si no estás creando un valor significativo.

Durante aquel tiempo, compaginaba mi proyecto personal con un trabajo en una consultora local. Esto me permitió observar de cerca cómo algunas empresas prosperaban a pesar de tener procesos internos desorganizados o inexistentes. La diferencia clave era que habían encontrado la manera de generar valor significativo. Me di cuenta de que, primero, hay que asegurarse de que las acciones tienen un impacto positivo y son eficaces; la eficiencia puede esperar.

Esta experiencia me enseñó una lección crucial: es vital evaluar el valor potencial de nuestras acciones y decisiones. A partir de ese momento, comencé a interesarme por conceptos como OKRs, MVPs, desarrollo ágil, ROI y más. Tener clara la misión y visión del proyecto, junto con los objetivos a corto, medio y largo plazo, es esencial para priorizar aquellas tareas que realmente causen un mayor impacto.

Desafortunadamente aprendí esta lección demasiado tarde para salvar mi proyecto, y la tienda tuvo que cerrar. Sin embargo, estoy agradecido a esta experiencia pues me enseñó que al tomar decisiones es fundamental priorizar el valor y el impacto. Aprendí que la clave no está solo en tener procesos optimizados, sino en asegurarse de que cada acción y decisión contribuye de manera significativa al valor y éxito del proyecto. Primero, hay que ser eficaz y luego eficiente. Se trata de conseguir que algo funcione y, posteriormente, iterar para que funcione bien.

Venciendo la parálisis por análisis

Buenos días, red.

¿Alguna vez os habéis encontrado paralizados ante una decisión, buscando incansablemente más información, convencidos de que aún no tenéis suficiente para actuar? ¿O tal vez temiendo que la solución encontrada no sea la óptima, persuadidos de que existe una mejor alternativa? Este estado de sobreanálisis, donde nos enredamos en un bucle que retrasa indefinidamente la acción, me ha atrapado en múltiples ocasiones a lo largo de mi carrera. Afortunadamente con el tiempo he aprendido a detectar, gestionar y mitigar esta tendencia.

La raíz de la parálisis por análisis radica en el miedo: temor a equivocarme, a fallar, o por verme abrumado por un océano de opciones. Esta búsqueda incansable de perfección, en un intento por mostrarme infalible, resulta en una pérdida de practicidad, posponiendo decisiones críticas y dejando pasar oportunidades valiosas.

Pero de un tiempo a esta parte en cuanto reconozco que estoy cayendo en este ciclo, adopto una o varias estrategias para liberarme:

  • Establecer una fecha límite: Me impongo plazos estrictos. Esta autolimitación temporal me fuerza a tomar decisiones, rompiendo el ciclo de deliberación.
  • Elegir aleatoriamente entre opciones: Si estoy debatiéndome entre varias alternativas viables, a veces opto por una al azar. Esta técnica me revela rápidamente cuál prefiero realmente pues enseguida siento si he elegido la que me hace sentir más cómodo.
  • Aceptar lo satisfactorio: Considero que la solución perfecta puede ser más costosa que una simplemente satisfactoria. Optar por la eficiencia sobre la perfección me permite avanzar más ágilmente.
  • Limitar la información: He aprendido a valorar la calidad sobre la cantidad en cuanto a fuentes de información se refiere.
  • Consultar con el equipo: Compartir desafíos con miembros del equipo no es signo de debilidad, sino una forma de encontrar soluciones más rápidas y fomentar la colaboración.
  • Dividir el problema: Descomponer un gran desafío en partes más pequeñas y manejables me permite progresar paso a paso, sintiendo avances concretos.

He descubierto que la procrastinación suele ser más un reflejo del miedo que de la falta de recursos. Enfrentarme a estos temores directamente, abordando las tareas que me generan ansiedad lo antes posible, no solo alivia mi preocupación sino que también me libera del peso de la indecisión.

Comparto estas estrategias esperando que os sean útiles y os animo a reflexionar sobre cómo enfrentáis vuestra propia parálisis por análisis. ¿Tenéis técnicas propias para superar estos bloqueos y potenciar vuestra productividad?