Hace unas semanas entramos Irene y yo en La Casa del Libro, y vi en una estantería Hábitos atómicos. Le dije:
—Ese libro es famosísimo en el mundo del desarrollo personal.
Días después, el Día del Padre, apareció con él envuelto. Yo no había pedido nada, pero como soy difícil de regalar (y no suelo buscar cosas materiales), pensó que podía gustarme.
La verdad es que al principio no le hice caso. En mi vida he leído mucho sobre desarrollo personal. Estaba saturado. Y entre el nacimiento de Mauro y el trabajo, llevaba más de un año sin leer.
Hasta que un día lo abrí.
Y ya no lo cerré.
Sí, muchas cosas ya las conocía. O las intuía.
Pero el libro las ordena, las nombra, les da estructura.
Y me ha enseñado otras muchas que no sabía.
Me ha devuelto las ganas de leer.
He buscado huecos para seguir.
He subrayado. He anotado.
Y lo he disfrutado de principio a fin.
Ojalá se me quedara todo.
Siempre pienso en Cortocircuito pasando páginas a toda velocidad.
O en Matrix, aprendiendo kung-fu en segundos.
No funciona así.
Pero algo se queda. Algo cala.
Y con eso me basta.