A principios de 2022 empecé a escribir en LinkedIn de manera regular. La motivación era simple: escribía porque me gustaba. Por el placer de ordenar ideas, de compartirlas, de construir algo pequeño y personal.
Con el tiempo, los artículos empezaron a funcionar: más recomendaciones, más contactos, más impresiones. Ver cómo mis palabras conectaban con otros era bonito. Así que decidí profesionalizarlo.
Planifiqué una estrategia siguiendo el modelo hub, help, hero. Definí temas principales, marqué una frecuencia, empecé a medir métricas y documentar el progreso. Quería crecer de forma orgánica. Quería hacerlo «bien».
¿El resultado? Acabé saturado.
Lo que había nacido como un refugio se convirtió en una obligación. Mi afición dejó de ser un placer y se volvió otra tarea más en una lista infinita. Y dejé de escribir.
Estos días he estado reflexionando sobre ello. Un hobby debe nacer desde la libertad: lo haces porque quieres, porque te llena. Pero sin darme cuenta, convertí un refugio en otro frente de batalla. La energía pasó de explorar a demostrar. Lo que me calmaba empezó a agotarme.
La buena noticia es que con el tiempo esta presión se ha disuelto. Y es que cuando no mides, no planificas y no te exiges, las ganas vuelven. Poco a poco. Hoy escribo esto porque me apetece. Porque disfruto. Sin objetivos, sin métricas, sin planes. Simplemente por el placer de hacerlo.
Es curioso. Era algo que ya sabía, pero la vida me lo ha vuelto a recordar:
- Un hobby no es un proyecto.
- El placer no tiene que ser útil.
- Las aficiones no se optimizan.
- Negocio es negación de ocio.
Esta es la razón principal por la que he estado tanto tiempo en silencio. Pero hay otras. Durante estos meses me he sumergido en otros proyectos ilusionantes, que ya os iré compartiendo poco a poco.
Gracias por leerme.