La tiranía del pensamiento positivo

Aprovechando que empieza agosto y todo parece estar más relajado quería compartir unas reflexiones sobre un tema que me interesa mucho pero del que sé poco: la tiranía del pensamiento positivo.

Hace un tiempo me embarqué en mis propios proyectos laborales y asistí con entusiasmo a cuanta conferencia pude. Era la época de las frases motivadoras como «Si puedes soñarlo, puedes hacerlo»,  “Cambia de actitud, cambia de vida», y el siempre persistente “Nunca te rindas”. Si bien estos lemas me llenaron de energía, la vida tenía otras lecciones reservadas.

Soñar es un excelente punto de partida; ilumina un camino y nos infunde determinación. Pero el camino hacia el éxito rara vez es lineal. Existen muchos factores externos más allá de nuestro control, y podemos estar dando pasos en falso sin saberlo. O quizás el proyecto que hemos elegido excede nuestras capacidades actuales. No tengo claro cuánto de cada me ocurrió a mí.

Sin duda, cambiar nuestra actitud es fundamental. He leído mucho sobre cómo mejorar el bienestar, fomentar mejores relaciones, aumentar la productividad y cultivar una mentalidad positiva. Si bien estas transformaciones pueden apoyarnos no son una fórmula mágica para el éxito. Sirven como catalizadores, pero si nuestras metas siguen distantes, estos cambios no van a cerrar la brecha. Por otra parte, pueden resultar emocionalmente agotadores y generar resistencia en nuestro entorno. Y lo sé de primera mano.

Ahora déjame serte sincero: no me suscribo al mantra de «nunca te rindas». Dedicar una gran energía y esfuerzo a nuestros proyectos es esencial, junto con una planificación meticulosa, un buen trabajo y un impulso constante. Sin embargo, igualmente crucial es reconocer cuándo es el momento de dejarlo ir. Aceptar la necesidad de abandonar un proyecto creó en mi caso espacio para que aparecieran nuevas oportunidades.

Quizás soy demasiado realista pero creo que los sueños por sí solos no garantizan ni de lejos el éxito ni la felicidad. Que la perseverancia y la paciencia, aunque necesarias, no son suficientes. No sé cuál es la fórmula ni la solución, pero siempre he intentado con mayor o menor fortuna equilibrar determinación con adaptabilidad, en dar un paso atrás para ganar perspectiva, en adaptarme al cambio y ajustar mis expectativas.

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